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EXPULSADO, 1ª PARTE.

Expulsado, rechazado. Todos nos hemos sentido alguna vez de esa manera. 

A lo largo de mi recorrido vital han sido incontables las veces que ese sentimiento de rechazo, de aislamiento e incomprensión, ha sacudido los cimientos de mi pensamiento. No obstante, mi objetivo hoy no es relatar todos y cada uno de esos momentos, pero sí profundizar en dos momentos concretos que para mí tienen un significado y una justicia poética contemplados con el paso de los años. Momentos en los que tienes todo y a todos en contra y en los que el tiempo te confirma que estabas y estuviste en el lugar adecuado en todo momento. Empecemos por el primero.

La primera vez que recorrí las calles de Pamplona fue con dieciséis años. Yo estudiaba en el Colegio San Francisco Javier de Santurce y aquel año 2002 hicimos una excursión a la capital del Reyno de Navarra con la finalidad de conocer de cerca el Planetario ubicado en la ciudad. 

La visita, aunque entretenida, se hizo corta dándonos tiempo a un periodo de descanso en el que pudimos visitar un parque cercano a las instalaciones del Planetario. Yo, por entonces, ya era un fan incondicional de la banda estadounidense liderada por Fred DurstLimp Bizkit. Recuerdo con total nitidez, por ejemplo, abandonar el autobús escuchando Hold On de su disco Chocolate Starfish and the Hot Dog Flavored Water en los auriculares de mi Diskman, o tal vez era en uno de los primeros MP3 que salieron al mercado, no sé, ahora que lo pienso quizás el recuerdo no sea tan nítido y puede que fuera en un Walkman, en la típica cinta de cassette. No obstante, supongo que por ir absorto en mi música me perdí las indicaciones de los profesores.

El caso es que, durante ese descanso, un compañero llamado Asier y yo nos dedicamos a visitar el parque y charlar de nuestras bobadas de adolescente, mientras al resto de alumnos con el dinero sobrante les invitaban a unos Kalimotxos. Sí, profesores invitando a menores a consumir alcohol. Cuando aparecimos mi colega y yo, que en apariencia nos habíamos “perdido”, la profesora con su desparpajo – o caradura por llamarlo de otra forma -, salto con un: “¿dónde estabais? Os habéis perdido los Kalimotxos”. Mi cara fue un poema en plan que me estas contando señora, que demonios es un Kalimotxo. La cosa quedó ahí y pusimos rumbo a casa.

El verano siguiente a ese final de curso, transcurrió sin grandes sobresaltos, quedadas con los amigos para jugar a la Play Station en casa de alguno o ir a la piscina, o simplemente vagabundear por el pueblo y poco más. Por aquel entonces, en mi casa habíamos contratado nuestra primera línea ADSL, con Wanadoo, la marca utilizada anteriormente por Orange para servicios de Internet. Con la contratación de esa línea de Internet regalaban un videojuego de PC, el Empire Earth, el primer videojuego de estrategia en tiempo real o RTS en 3D, que destacaba por su jugabilidad y su capacidad de entretenimiento enganchándote durante horas en partidas online interminables en las que podías recorrer la evolución de la humanidad, desde la Prehistoria hasta una Edad Nano imaginaria, creando tu propia civilización. Fue tal mi adicción que llegue a jugar partidas de más de diez horas seguidas delante del ordenador, mientras de fondo escuchaba la voz de mi padre invitándome a apagarlo. Hoy es el día en el que soy yo el que le dice a mi padre que apague el ordenador, aunque sin mucho éxito la verdad, cosas del progreso.

Finalizado aquel verano, ya habíamos empezado a tener problemas menores en la cuadrilla, dejar de llamar a uno porque siempre llegaba tarde (concretamente a Asier), cuestionar el liderazgo de otro porque siempre se hacía lo que él quería y así, jóvenes adolescentes, muy normales, muy tranquilos y que hacían cosas de adolescentes empezaron a no llevarse tan bien entre ellos. Sin embargo, desde mi ingenuo punto de vista no dejaban de ser tonterías de adolescentes. Nada preocupante.

Un viernes de septiembre, antes de empezar el nuevo curso, mis amigos me mandaron un SMS invitándome a quedar para ir a tomar unos Kalimotxos con los demás de clase (sí, yo aún no tenía ni puñetera idea de qué diablos era aquel brebaje). A lo que respondí con un no; tenía un torneo de Empire Earth y prefería jugar absurdamente a ese videojuego antes que consumir absurdamente alcohol. Así que me quede en casa.

Rechazar aquella oferta tuvo sus consecuencias.

En ese curso que entraba, había decidido cursar el Bachillerato en otro centro educativo, en concreto, en Somorrostro, en el Marcelo Gangoiti. Con lo que los que hasta ese momento eran mis mejores amigos se quedaban en Santurce y yo me iba a otro centro. Después de rechazar aquella oferta, mis amigos dejaron de llamarme o mandarme SMS para quedar y ni tan siquiera respondían mis SMS. Aun así, le resté importancia y pensé que estarían ocupados con cosas de clase, pero en realidad no estaba siendo consciente de que ya había sido expulsado.

El curso transcurrió y la mayoría de mis compañeros de clase (todos éramos chicos) salían de fiesta los fines de semana y se emborrachaban (Sí, con 16 años), yo, que no tenía a nadie con quien salir, jugaba al Empire Earth. Aunque en mi familia ya andaban con la mosca detrás de la oreja, yo le quitaba hierro al asunto. Era mi problema y quien debía encontrar una solución era yo mismo y nadie más. 

Entonces, empezaron las burlas, los insultos y las vejaciones en mi nueva clase. Al fin al cabo, era el raro, el que con su actitud ponía en cuestión a todos los demás. No salía, no tenía amigos, sacaba buenas notas, jugaba a videojuegos distintos a los de los demás, escuchaba música distinta, opinaba diferente, pensaba diferente y me rebelaba. No consentía que se riesen de mí por ser diferente, por ser libre, por ser yo mismo.

Algunos de esos compañeros, tres en concreto, venían de mi anterior clase en San Francisco Javier, con lo que sabían de sobra lo que sucedía con mis amigos, convirtiéndose en parte en los instigadores que alimentaban ese rechazo de manera consciente o inconscientemente en mi nueva clase. En esa soledad, se fraguo en gran medida mi carácter, tanto mis virtudes como mis defectos. A mí me daba igual a que dedicasen su tiempo mis compañeros de clase, lo que verdaderamente me irritaba era que cuestionasen lo que hiciera yo, sobre todo porque era por circunstancias sobrevenidas y no de manera premeditada o deseada.

En las navidades de ese año 2002, un mensaje o una llamada, me saco de aquella soledad. Asier, con quien me había perdido aquellos Kalimotxos en Pamplona y a quien yo había contribuido en parte con mi silencio a que la cuadrilla no quedará con él porque siempre llegaba tarde, me propuso quedar para ir a ver El Señor de los Anillos: Las Dos Torres en el cine. Hablamos largo y tendido, me disculpe con él, le explique mi experiencia y como al final a mí me habían pagado con la misma moneda que a él, el me conto la suya, disfrutamos de la película quedando en que ya que no quedaban con nosotros los demás pues quedaríamos nosotros y ya haríamos nuevas amistades.

Días después, no recuerdo bien si fue el 28 de diciembre, pero puede que así fuera. Otro de mis viejos amigos me mando un SMS también invitándome a quedar. El lugar en el que me invitaba a quedar… como decirlo… invitaba a sospechar que era una trampa. No obstante, acepte y le comenté a Asier que viniese advirtiéndole claramente que era una trampa y que algo tramaban. 

Aquel día de los inocentes en el lugar acordado a la hora acordada me quede esperando consciente que algo iba a sucederme, pero necesitaba confirmarlo, necesitaba saber qué tipo de personas eran mis viejos amigos. Asier como de costumbre llegaba tarde.

Entonces sucedió, desde una altura de más de seis metros cayeron del cielo un montón de globos de agua. Alguno incluso me dio. Escuche risas, gente corriendo. Mire a mi alrededor y observe que el suelo estaba completamente empapado de agua. Me inspeccione a mí mismo y ni una gota me había salpicado. 

Misteriosamente los globos que me habían dado habían revotado explotando contra el suelo y no contra mí, incluso alguno había quedado en el suelo intacto, sin explotar. Como un lunático me empecé a reír; justicia poética pensé. Subí las escaleras hacia el siguiente nivel con la esperanza de al menos cruzarme con ellos y que vieran que no habían conseguido su objetivo. Huyeron.

De hecho, Asier se cruzó con alguno en su huida. Huyeron y no pude enfrentarme a esa realidad, conocer el porqué de aquel rechazo que me había puesto en el punto de mira. Y durante años estuve dándole vueltas al porqué de aquella sin razón, incluso compuse una canción al respecto.

Con el paso de los años, mi amistad con Asier se diluyo, creo que se le atraganto un poco la universidad. El caso es que tuvieron que pasar cerca de 12 años desde aquel 28 de diciembre, para poder enfrentarme a ese rechazo y cerrar definitivamente esa herida.

Fue en 2014, en una cena de viejos alumnos de San Francisco Javier, donde tuve la oportunidad de confirmar lo que venía dándole vueltas desde aquel día de 2002. Pude ver la cara de la vergüenza y la sinceridad de aquel que sabe que ha hecho mal. Entendí entonces, que al fin y al cabo debía ser agradecido, pues sin ninguno de aquellos sucesos jamás sería la persona que soy hoy, sea para bien o sea para mal, debía estar agradecido a aquellos que me habían rechazado y expulsado, y que reconocían su error avergonzados. Es decir, lo importante es que uno esté a gusto consigo mismo, digan lo que digan los demás, aprender del error, mejorar, pero defender tus puntos de vista si crees que estas en lo cierto. Todas estas vivencias por muy negativas que pudieran ser en parte, son las que poco a poco esculpen el carácter y el pensamiento, las que me han llevado a ser como soy después de un gran recorrido vital.

De nada vale vivir con rencor o desairado. Vivir pensando negativamente de los demás. Lo importante es verles el lado positivo a las vivencias y sacarle partido. 

Esa importancia cobra mucho sentido hoy día cuando pienso en el segundo de aquellos momentos concretos en los que ser expulsado visto con perspectiva me reafirma en ser consciente de estar en todo momento en el sitio en el que quiero y creo que debo de estar.

Aquello sucedía en el año 2004…

Dex
Dex

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